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JOSE ALFREDO JIMENEZ



 

JOSE ALFREDO JIMENEZ
1926 - 1973

LA OPINION DE MONSIVAIS

José Alfredo cree devotamente en los favores de la mula vida que le dicta letras y melodías. Y el mayor suministro de su energía es la sociedad, el ser múltiple y memorioso que ahorita mismo, en su casa o en el antro o en la radio o en la tele, entona una de José Alfredo:

 
Yo compongo mis canciones
pa que el pueblo me las cante,
y el día que el pueblo me falte,
ese día voy a llorar.


De golpe, José Alfredo ofrece una obra, un sentimiento desolado, un sentimentalismo que va del rencor a la autocompasión y de regreso... y un personaje, ese compositor que viene de abajo, toma la letra de sus canciones como órdenes tajantes, y se inspira en el impulso que lo devora. Aquí también, letra y melodía no se escinden. Las melodías son límpidas, memorables por memorizables, y causan casi forzosamente adicción.

 
``Esta noche me voy de parranda''

¿Qué sucede en el mundo del espectáculo en México a principios de los cincuenta? Es muy briosa la agonía del nacionalismo cultural, y aún resultan creíbles y casi obligatorias las fórmulas de la entrega romántica desesperada. Y al mezclarse la industria del espectáculo con la vitalidad divertida y lacrimógena de las comunidades urbanas, se da lo que tal vez sea la última etapa de la creatividad que escapa a los designios del cerco industrial.

En el caso de la canción ranchera, se produce un canje mayúsculo pero discreto de tradiciones. Desaparecen las escenificaciones puntuales o teatrales de lo rural y lo pueblerino, con todo y reflejos condicionados. Y al campo lo sustituyen distintas propuestas de marginalidad y fracaso a cargo de grandes compositores populares: Tomás Méndez, Cuco Sánchez, José Alfredo Jiménez, Rubén Fuentes, que se agregan al ámbito creativo de Tata Nacho, Manuel Esperón y Chucho Monge. En especial, con unas cuantas composiciones (``Cucurrucucú paloma'', ``Grítenme piedras del campo'', ``Puñalada trapera''), Méndez le infunde a las rancheras una dramática ansiedad de estruendo, la canción como barricada o desfiladero de los sentimientos, con la Naturaleza de cómplice del amor herido.

Y los compositores populares están al tanto: al lado del oyente (que es en su espacio el cantante), ya no hay magueyeras, ni patrones buenos o malos, ni ``la noche en que me engañaba/ tras la pila colorada/ con el tuerto te jallé'', sino personas -el compositor mismo para empezar- aisladas radicalmente (en la cantina, el cuarto, la serenata, la parranda, la errancia). Unas cuantas creadoras construyen el puente que, en materia de idealización de las pasiones, hace indistinguible lo urbano y lo rural, entregándole a sus escuchas letras ``expropiables'' que se vuelven autobiografía de la tribu, con las sensaciones ya desconocidas del desamparo al aire libre, del remontarse a los montes y cerros que se ocultan en las calles de la gran ciudad. Para su público, las rancheras son el espacio de lo auténtico, de lo que se canta para vivir de veras:

 
Ya agarraste por tu cuenta las parrandas,
Paloma negra, Paloma negra, ¿dónde andarás?


Las nuevas canciones son ``tradición'' de inmediato, por su poder evocativo y por las pasiones devastadoras que postulan. Su antecedente temático es el melodrama de ``La Epoca de Oro'' del cine mexicano (1935-1955, aproximadamente), armado con verdades psíquicas de directores, argumentistas y actores, negado a la ironía, sin mayores distancias culturales con su público, señas del afán de igualar la vida con los acordes y las frases que brotan del alma.

 
``No me quieras matar, corazón''

El machismo escénico todavía convence, pero el ídolo de ídolos Pedro Infante es un personaje complejo, muy distinto a Jorge Negrete, el Charro Cantor, decorador ilustre de canciones, que le imprime carácter de edicto o de carta magna a composiciones donde El representa a la nación y a lo mejor de los nacionales:

 
Yo soy mexicano, mi tierra es bravía,
palabra de macho que no hay otra tierra
más linda y más brava que la tierra mía.


Infante -y allí localizo una de las razones de su inmenso arraigo- asume a fondo las emociones, y es lo suficientemente dúctil como para no representar a la nación sino a personajes concretos, fruto de situaciones reales y de vivencias socialmente significativas o entrañables. Así, no es casual que Infante sea el primer gran intérprete de José Alfredo. Si por sus limitaciones vocales y su falta de profundidad interpretativa, Infante no estába la altura de Lola Beltrán, Lucha Villa, Amalia Mendoza y Chavela Vargas, sí respeta la transparencia melódica y acerca al oyente para que ``le haga segunda'' al cantante. Esto lo sabe bien Infante: oír una de José Alfredo es añadirse al coro.

En la treintena de canciones de José Alfredo que graba, Infante asume y expresa con habilidad el tono dolido o relajiento, la fatiga ante el machismo ortodoxo, la divulgación del mal de amores, la urgencia de los sentimientos intensos (aquellos que justifican la vida), la conversión de la intimidad en fiesta de pueblo (sufrir y no gritarlo es carecer de sentimientos), las revelaciones del fracaso. Por eso, ``Ella'', en la versión de Infante, es ya desde 1951 el himno de las pasiones ennoblecidas por la pérdida.

Infante y Negrete promueven y establecen a José Alfredo, y Pedro lo ayuda en una carrera fílmica más bien deplorable, que incluye diversos papeles estelares. Las canciones son extraordinarias y las películas nefastas, porque José Alfredo, por decir lo menos, no es un actor, y porque conscientes de ello, los productores se olvidan de la trama y sólo buscan aprovechar su música. ¿Qué se hace con filmes llamados Póker de ases, Ni pobres ni ricos o Guitarras de medianoche y Camino de Guanajuato?

``Una gitana leyó en mi mano''

En la obra de José Alfredo, la desolación, por razones del temperamento y de la vida personal, es todo lo genuina que permite la industria del espectáculo, y es algo más, como se va probando. Y si las melodías son sencillas y brillantes, las letras describen un proceso (el caos de las sensaciones) y ofrecen la lección de una conducta (la forma de la existencia desgarrada). No se encontrará una sola declaración de José Alfredo ufanándose de sus logros. estos, insiste, son del pueblo, el creador de los dones. Y la falta de pretensiones es el enlace con la inspiración, para José Alfredo la palabra clave.

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