José
Alfredo cree devotamente en los favores de la
mula vida que le dicta letras y melodías.
Y el mayor suministro de su energía es
la sociedad, el ser múltiple y memorioso
que ahorita mismo, en su casa o en el antro
o en la radio o en la tele, entona una de José
Alfredo:
Yo
compongo mis canciones
pa que el pueblo me las cante,
y el día que el pueblo me falte,
ese día voy a llorar.
De golpe, José Alfredo ofrece una obra,
un sentimiento desolado, un sentimentalismo
que va del rencor a la autocompasión
y de regreso... y un personaje, ese compositor
que viene de abajo, toma la letra de sus canciones
como órdenes tajantes, y se inspira en
el impulso que lo devora. Aquí también,
letra y melodía no se escinden. Las melodías
son límpidas, memorables por memorizables,
y causan casi forzosamente adicción.
``Esta noche me
voy de parranda''
¿Qué sucede en el mundo del
espectáculo en México a principios
de los cincuenta? Es muy briosa la agonía
del nacionalismo cultural, y aún resultan
creíbles y casi obligatorias las fórmulas
de la entrega romántica desesperada.
Y al mezclarse la industria del espectáculo
con la vitalidad divertida y lacrimógena
de las comunidades urbanas, se da lo que tal
vez sea la última etapa de la creatividad
que escapa a los designios del cerco industrial.
En el caso de la canción ranchera,
se produce un canje mayúsculo pero
discreto de tradiciones. Desaparecen las escenificaciones
puntuales o teatrales de lo rural y lo pueblerino,
con todo y reflejos condicionados. Y al campo
lo sustituyen distintas propuestas de marginalidad
y fracaso a cargo de grandes compositores
populares: Tomás Méndez, Cuco
Sánchez, José Alfredo Jiménez,
Rubén Fuentes, que se agregan al ámbito
creativo de Tata Nacho, Manuel Esperón
y Chucho Monge. En especial, con unas cuantas
composiciones (``Cucurrucucú paloma'',
``Grítenme piedras del campo'', ``Puñalada
trapera''), Méndez le infunde a las
rancheras una dramática ansiedad de
estruendo, la canción como barricada
o desfiladero de los sentimientos, con la
Naturaleza de cómplice del amor herido.
Y los compositores populares están
al tanto: al lado del oyente (que es en su
espacio el cantante), ya no hay magueyeras,
ni patrones buenos o malos, ni ``la noche
en que me engañaba/ tras la pila colorada/
con el tuerto te jallé'', sino personas
-el compositor mismo para empezar- aisladas
radicalmente (en la cantina, el cuarto, la
serenata, la parranda, la errancia). Unas
cuantas creadoras construyen el puente que,
en materia de idealización de las pasiones,
hace indistinguible lo urbano y lo rural,
entregándole a sus escuchas letras
``expropiables'' que se vuelven autobiografía
de la tribu, con las sensaciones ya desconocidas
del desamparo al aire libre, del remontarse
a los montes y cerros que se ocultan en las
calles de la gran ciudad. Para su público,
las rancheras son el espacio de lo auténtico,
de lo que se canta para vivir de veras:
Ya agarraste por tu cuenta las parrandas,
Paloma negra, Paloma negra, ¿dónde
andarás?
Las nuevas canciones son ``tradición''
de inmediato, por su poder evocativo y por las
pasiones devastadoras que postulan. Su antecedente
temático es el melodrama de ``La Epoca
de Oro'' del cine mexicano (1935-1955, aproximadamente),
armado con verdades psíquicas de directores,
argumentistas y actores, negado a la ironía,
sin mayores distancias culturales con su público,
señas del afán de igualar la vida
con los acordes y las frases que brotan del
alma.
``No
me quieras matar, corazón''
El machismo escénico todavía convence,
pero el ídolo de ídolos Pedro
Infante es un personaje complejo, muy distinto
a Jorge Negrete, el Charro Cantor, decorador
ilustre de canciones, que le imprime carácter
de edicto o de carta magna a composiciones donde
El representa a la nación y a lo mejor
de los nacionales:
Yo soy mexicano,
mi tierra es bravía,
palabra de macho que no hay otra tierra
más linda y más brava
que la tierra mía.
Infante -y allí localizo una de las razones
de su inmenso arraigo- asume a fondo las emociones,
y es lo suficientemente dúctil como para
no representar a la nación sino a personajes
concretos, fruto de situaciones reales y de
vivencias socialmente significativas o entrañables.
Así, no es casual que Infante sea el
primer gran intérprete de José
Alfredo. Si por sus limitaciones vocales y su
falta de profundidad interpretativa, Infante
no estába la altura de Lola Beltrán,
Lucha Villa, Amalia Mendoza y Chavela Vargas,
sí respeta la transparencia melódica
y acerca al oyente para que ``le haga segunda''
al cantante. Esto lo sabe bien Infante: oír
una de José Alfredo es añadirse
al coro.
En la treintena de canciones de José
Alfredo que graba, Infante asume y expresa con
habilidad el tono dolido o relajiento, la fatiga
ante el machismo ortodoxo, la divulgación
del mal de amores, la urgencia de los sentimientos
intensos (aquellos que justifican la vida),
la conversión de la intimidad en fiesta
de pueblo (sufrir y no gritarlo es carecer de
sentimientos), las revelaciones del fracaso.
Por eso, ``Ella'', en la versión de Infante,
es ya desde 1951 el himno de las pasiones ennoblecidas
por la pérdida.
Infante y Negrete promueven y establecen a José
Alfredo, y Pedro lo ayuda en una carrera fílmica
más bien deplorable, que incluye diversos
papeles estelares. Las canciones son extraordinarias
y las películas nefastas, porque José
Alfredo, por decir lo menos, no es un actor,
y porque conscientes de ello, los productores
se olvidan de la trama y sólo buscan
aprovechar su música. ¿Qué
se hace con filmes llamados Póker de
ases, Ni pobres ni ricos o Guitarras de medianoche
y Camino de Guanajuato?
``Una gitana leyó
en mi mano''
En la obra de José Alfredo, la desolación,
por razones del temperamento y de la vida personal,
es todo lo genuina que permite la industria
del espectáculo, y es algo más,
como se va probando. Y si las melodías
son sencillas y brillantes, las letras describen
un proceso (el caos de las sensaciones) y ofrecen
la lección de una conducta (la forma
de la existencia desgarrada). No se encontrará
una sola declaración de José Alfredo
ufanándose de sus logros. estos, insiste,
son del pueblo, el creador de los dones. Y la
falta de pretensiones es el enlace con la
inspiración, para José Alfredo
la palabra clave.