Ya
en la adolescencia, María de Lourdes
regresó a la ciudad de México
para continuar sus estudios, aunque ahora
en un curso comercial de un año,
para después trabajar como secretaría
en una curtiduría. Era una muchacha
inquieta y por ello buscó la manera
de demostrar que podía cantar, y
lo primero que se le presentó fue
participar en las pastorelas y obras pequeñas
que se hacían en la escuela.
De
este modo buscaba cualquier oportunidad
que se presentara, aunque todo consistía
en pequeños eventos familiares. No
tenía una educación musical,
pero escuchaba diariamente la radio; sus
ejemplos más claros fueron Jorge
Negrete y Flor Silvestre. No obstante, su
tenacidad se vería recompensada cuando
por fin pudo presentarse en la radiodifusora
XEQ, en donde se estilaba hacer castings
para encontrar nuevos talentos y que aseguraran
una victoria rotunda. Y corrió con
suerte, pues agradó a los expertos
que ahí se encontraban, recomendándole
que tomara clases con el maestro Paco de
Migueles; fue así como encontró
una oportunidad de trabajo, pequeña,
pero que le redituaba para comenzar a ayudarle
a su familia, aunado a que sentía
una gran satisfacción por desempeñarse
en este rubro.
María
de Lourdes fue un gran ejemplo de dedicación
y entrega por el canto, y es que siempre
hacía declaraciones a favor de lo
mexicano, de lo suyo, lo cual le hizo ganar
terreno entre las multitudes de su país
y, paulatinamente, del extranjero. Se enamoró
de su canto, de su música, de su
mensaje, de ahí que algunas declaraciones
quedaran grabadas en la memoria musical:
“Cada uno de los compositores mexicanos
reflejan en su obra su propio sentimiento,
dando así a los intérpretes
la oportunidad de expresarse en una enorme
gama de emociones. Esperanza, engaño,
alegría, venganza, desgracia, cariño,
pasión, amor por el campo; en una
palabra, todas estas fuentes de inspiración
de músicos y poetas se tratan con
emoción y elegancia”.